¿Quién es Alfredo Peña ?

El doctor Alfredo Peña es el Presidente Fundador de la Misión Internacional Nueva Iglesia, Ministro que a partir de un puñado de discípulos, ha crecido afectando la vida de millares de personas en diferentes partes del mundo.
Su vida signada por las señales y milagros propios de quien es reconocido como Apóstol y Profeta ha sido un intenso huracán que se convirtió en el principal medio de enseñanza de su doctrina. “Lo que uno vive es lo que realmente cree”, dice.

Su mensaje revela la verdadera “Catolicidad” en las enseñanzas de Jesucristo, trasciende los misterios de Cristo por encima de las mezquindades conceptuales del Judaísmo y el Cristianismo, y rescata sus verdades eternas, sepultadas por siglos en el pozo cenagoso de las tradiciones religiosas.
Singular maestro espiritual, autor de numerosos libros, escritos y artículos compendiados de su prolífica enseñanza de los últimos treinta años, desprovisto de toda posición sectaria, dogmática y fanática.
Sus mensajes han sido traducidos y difundidos en diferentes países de África, Europa y América, “…Y va en aumento hasta que el día sea perfecto”.

Alfredo Peña
Dr. Alfredo Peña R.

SOBRE MÍ MISMO…

Empezaré por solicitar como lo hizo Pablo, que se me tolere un poco de locura por ocuparme de tema tan insignificante comparado con Aquel que ha sido el epicentro de mi predicación y mi enseñanza.
Mucho se ha especulado acerca del hermano Alfredo, su vida y su pasado, su llamamiento y su Ministerio, sus logros y fracasos, su debilidad y fortaleza, y durante estos últimos 33 años he guardado un prudente y respetuoso silencio al respecto. Mitos y leyendas, calumnias y detracciones, exageraciones e inexactitudes estuvieron a la orden del día.

Empezaré por decir que yo no elegí este camino ni este Ministerio. Ignorante de la predestinación y la elección, antes que el Señor mismo me llamara, yo encuadraba más como perseguidor de la Iglesia y nadie hubiera apostado un centavo (ni siquiera yo mismo) a que de allí saliera uno que daría su vida por ella.

Los dos primeros años de mi nueva vida fueron el tiempo de la revelación de Cristo y Su Palabra en mí. Luego viene un período de 25 años en el que recalco la palabra: “de los pecadores yo soy el primero” (1Tim. 1:15) y donde lo más destacable es la paciencia de los santos que me vieron crecer en todas las áreas de mi ser mientras servía y ministraba, a la vez que alcanzaba la medida para no tener que decir jamás que “el mal que no quiero eso hago” (Ro.7:19), pues pude conocer la experiencia de saber quién me podía librar de este cuerpo de muerte y entonces poder decir: “Sed imitadores de mí” (2Cor. 11:1), añadiendo que “He luchado por obedecer a Dios en todo, y lo he logrado; he llegado a la meta, y en ningún momento he dejado de confiar en Dios.” (2Tim. 4:7).

De la misma manera, en ningún momento me he arrepentido de haber permitido que el poder de Dios se perfeccionara en mi debilidad (2Cor. 12:9), pues quizás por ello fue que los cielos se me abrieron en una superabundante gracia y pude acceder a lo inefable, mientras que aquí en la tierra me convertía en el instrumento para que el Señor obrara reconciliaciones imposibles, sanidades y milagros más allá de la esperanza lógica, señales, portentos y prodigios de todo tipo, que sirvieron para sustentar que no estuve entregando un Evangelio basado en “palabras de humana sabiduría sino con demostración del Espíritu y de poder” (2Cor. 2:4), y que además permitió que decenas de miles de almas alcanzaran la salvación por una fe fundada en el poder de Dios y no en la sabiduría de los hombres.
Siempre fui hallado anunciando las virtudes de Aquel que me llamó de las tinieblas para evidenciar Su luz admirable. Acerca de mí mismo solamente me referí en una ocasión hace siete años cuando escribí:
“Anhelo poder adorar en Espíritu y en verdad en el glorioso santuario ungido del Cuerpo de Cristo y así poder amaros como es digno de dioses; las virtudes santas que hayáis visto en mi vida, en mi palabra o en mi
Ministerio, no soy yo ni son mías.

A los que han visto a Dios en mi vida o en mis ojos les digo: no es un Dios ajeno al que veis; sois vosotros mismos contemplándoos, es vuestro reflejo y vuestra sombra, son vuestras propias huellas las que veis y el eco de vuestra palabra lo que oís.
Yo soy solamente las aguas en las que os reflejáis.

Si vuestros ojos no estuvieran limpios y ungidos con colirio santo, no podríais ver sino muerte.”
Únicamente he aceptado con agrado el título de “hermano”, el cual hasta el día de hoy porto con honor, cuidándolo y dándole lustre al acompañarlo con la condición de “amigo” de quienes me honran con él.

Fueron 25 años los que caminé en esta nueva vida, sin cosechar materialmente lo que me era lícito de entre las iglesias en las que había sembrado generosamente lo espiritual (1Cor. 9: 11-12). De todas maneras aún conservo fresco el mismo ánimo que movió a Pablo a escribir: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aún yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.” (2Cor. 12:15).

Con estas palabras espero concluir un tema que siempre rehusé tratar, con la esperanza de que no me vea obligado por mis hermanos en Cristo a tener que gloriarme nuevamente, por lo menos en los próximos 33 años.

Alfredo Peña R.




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